Triángulo de oro o verde sobre verde

Triángulo de oro: dícese del punto en que Tailandia, Myanmar y laos confluyen. ¿El motivo? La riqueza que produce el tráfico de drogas en la zona y que tiñe de oro a unos cuantos a expensas de los demás.

 

Sin embargo, cuando ono acude al Triángulo de oro sin conocer la historia, bien podría pensar que el nombre le fue dado por la belleza del lugar. Y es que, realmente, se trata de un lugar impresionante, en el que el verde lo inunda todo, simplemente contastado por el color tierra de un suelo húmedo y fértil y de un Mekong espeso, tranquilo y lento que recorre su camino ajeno a la legendaria historia que sus aguas han visto pasar.

 

Bosques de bambú, palmeras, campos de té y de arroz, sombreros tradicionales, furgonetas a rebosar de gente, niños descalzos, bicicletas, silencio, lluvia intermitentes, olor a tierra mojada, a hierba, a plantaciones maduradas bajo un sol que amarillea, los pájaros, el sonido de la lluvia, más verde...

Chiang Mai y alrededores

Chiang Mai es el lugar en el que olvide que estaba viajando para dedicarme a vivir. Un lugar mas valioso por las experiencias personales que por lo que vi, un lugar en el que le sonreia a la luna para llorarle cinco minutos despues, un lugar en el que todo era tan intenso, tan dramatico, tan ironico... Un lugar en el que la companyia lo era todo y en el que, sin embargo, la soledad mas inmensa podia asaltarme en cualquier momento en medio de la multitud. Un lugar, en definitiva, del que jamas guardare una postal pero del que siempre recordare una leccion.

 

Al escapar de Chiang Mai rumbo a sus alrededores, sin embargo, volvi a reempendrer mi viaje y me deshice de la enorme carga de sentimientos que acumulaba, de las tensiones, de las piedras que me sostenian a ras de suelo y no me dejaban flotar (gracias Corinne por la metafora). Pai volvio a parecerme un lugar magico. En un precioso valle abrazado por montanyas verdes y frondosas, el encantador pueblecito se cubre con un halo onirico y atemporal que lo mantiene al margen de las leyes de este mundo. Musica en directo, velas que compensan la falta de electricidad, palabras en ingles que suenan a tailandes profundo (por primera vez en el viaje aqui se experimentan verdaderos problemas para comunicarse con los autoctonos) y personajes reales que parece que se han escapado de un cuento de ficcion.

 

Y mas alla de Pai, las cosas son mas maravillosas todavia. La carretera, el verde intenso por todas partes, los campos de arroz, las tribus que viven a su manera, los sombreros tipicos agachados en cualquier rincon, elefantes que toman los lichis de la mano, los ninyos jugando en medio de la naturaleza, un grupo pasando la tarde pesacando en un lago increible, un mono de dos meses abrazado a mi cintura sin quererse separar de mi, el sonido de la lluvia torrencial tras la ventana cuando uno esta a salvo.

 

El Norte. Quizas, la Tailandia mas verdadera.

 

Koh Tao o la isla de la tortuga

 

Koh Tao es uno de aquellos lugares de los que cuesta despedirse. Uno de aquellos lugares de los que, cuando te alejas -en taxi, en bote o a pie-, no puedes evitar mirar atras - por la ventanilla, siguiendo la estela del barco sobre el agua, retrocediendo con la miradalas hueyas en la tierra-, suspirar y prometerte que vas a volver.

 

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Koh Tao es un lugar que irradia paz, tranquilidad, que vive y deja vivir. Un lugar en el que el hoy es lo unico que cuenta, la sonrisa presente, el sonido del mar arrancandote del suenyo. 

 

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Un lugar lleno de occidentales que un dia llegaron y se quedaron atrapados aqui. Un lugar donde no hay casi turistas, si no franceses, canadienses, italianos que decidieron cambiar los edificios y el trafico por el azul del mar, las tardes sobre la arena y los paseos en barco.

 

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La isla lo tiene todo: un magnifico entorno natural, un fondo marino exquisito, un tiempo que discurre perezoso a la sombraen una hamaca, charlando en el porche de un boungalow, mirando de noche las estrellas. Una isla perfecta en la que se oyen los insectos, los pajaros, las olas, el golpe de un coco al chocar contra el suelo.

 

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Koh Phangan o la isla de las mil lunas

 Koh Panghan es un lugar en el que cada dia es luna llena. No hace falta esperar a la renombrada Full Moon Party para que la musica ahoge el leve batir de las olas, la gente se amontone en la playa engullendo enormes cubos de arena llenos de alcohol y el fuego lo inunde todo en espontaneas acrobacias y no tan espontaneos juegos.

 

 

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Se trata de un lugar que al inicio puede asustar por las estridencias que le salpican su mas concurrida playa al caer la noche. De dia, sin embargo, la calma lo inunda todo. Quizas sea porque la gente esta durmiendo la resaca del dia anterior; quizas porque estan reponinedo fuerzas para la siguiente.

 

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 A mi, tengo que reconocerlo, nada mas llegar la isla me decepciono profundamente: eran casi las 10 de la noche y me tope de frente con toda esa fiesta desmesurada que, inevitablemente, le restaba encanto al lugar. Con los dias, sin embargo, me acabe reconciliando con ella. El problema es que Hat Rin - sun playa principal- es la peor caricatura de si misma. Pero escapando de sus ruidosos bares en direccion a cualquier otro rincon de la isla -en motocicleta, por ejemplo, con el aire agitandote el cabello y el polvo nublando el firmamento-, uno descubre un interior precioso -verde, espeso, impresionante-, habitado por gentes que viven ajenas al turismo -como mucho le venden una botella de gasolina a un motorista despistado- y veteado por playas solitarias donde uno se siente afortunado.

 

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Rai Lay o la peninsula de las tres hermanas

En una pequenyisima peninsula, resguardadas por enormes acantilados, en medio del verde mas intenso y del azul del cielo mas claro, duermen tres hermanas de belleza inigualable.

 

 

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La mayor -Rai Lay Beach Est-, sin ser paradisiaca, se muestra hermosa y peculiar a

 traves de la vegetacion que le motea la arena humeda y tostada, de los arboles que clavan sus raices en un subsuelo de agua salada, de las barcas que descansan a la sombra de los manglares en cualquier rincon de su playa, de las estrellas que le encienden el cielo en las noches despejadas.

 

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Rai Lay Beach West es la mediana. Sus aguas sirven de puerto pero, como que este no existe, debe saltarse desde la barca. Su arena es palida aunque no del todo blanca y en su superficie, diminutos cangrejos caban tuneles escondiendose de las pisadas. El mar aqui es demasiado calido, tanto, que a veces es mas placentero estar a merced del sol que sumergido en el caldo de sus aguas.

 

 

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La pequenya es una joya. Ojito derecho de todo el mundo, ocupa una pequenya extension de arena blanca coronada por enormes acantilados que, en uno de sus extremos, forman una cavidad, un oasis a la sombra que alivia la temperatura del agua. Al fondo, una familia de macacos que trepan por lo arboles, roban latas de la basura o devuelven curiosas miradas a los mirones que los fotografian, ponen la picaresca a la escena. Y de su mar emergen conjuntos rocosos, gigantes que parecen querer acercarse a la playa.

Bamboo Island o como ser feliz sin nada

Existe una isla en el mar de Andaman que lleva mi nombre escrito en su destino. Es pequenya, esta deshabitada y luce un mezcla perfecta de colores turquesa y esmeralda: turquesa en su costa, en el agua que a su paso le dibuja la playa; esmeralda en su horizonte, en el mar profundo donde fondean las barcas imprimiendole abusndantes heridas de espuma blanca.

 

 

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Existe una isla, aqui cerca -cerca de donde yo estoy, muy lejos de mi casa-, en la que el tiempo se detiene a la sombra de un cocotero, suspendido sobre un mar de plata, buceando donde la tierra pierde el nombre y solo existen los dedos del sol perforando el agua.

 

 

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Existe una isla -existe- en la que abandonarse a la nada.

 

 

Koh Phi Phi o la isla esmeralda

 Koh Phi Phi es un lugar de costas escarpadas, sol furioso, aguas cristalinas y lluvias intermitentes y desmesuradas. Koh Phi Phi es tambien la isla que da cobijo a dos perfectas lagunas esmeralda que se miran de frente como en un espejo, unicamente separadas por un istmo arenoso y encerradas por enormes riscos que caen a plomo sobre el agua. Un lugar en el que la marea baja por la tarde, tanto, que deja las  barcas que estaban a flote descansando sobre la arena blanca.

 

 

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Koh Phi Phi es tambien una isla que, pese al turismo masivo, los american breakfast y los spaghetti a la carbonara, guarda su fisonimia gracias a construciones pequenyas y absolutamente integradas en una imagen de postal que no danyan. Un lugar en el que se hablan todos los idiomas y en el que, a pesar de ello, Tailandia sigue siendo Tailandia.

 

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Tierra de tsunamis y, sin embargo, de imagen completamente rehabilitada, Kho Phi Phi es un lugar en el que venir a hacer nada, salvo tumbarse al sol de su costa, comer marisco y buscar nuevos senderos en la montanya. Y un dia, si se tercia, coger un bote hacia las islas circundantes. Y bucear y nadar y coger un kayac y observar y admirar e intentar retener todos esos paisajes en la mir ada.

 

 

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Kho Phi Phi es tambien una isla en la que conocer gente rapidamente, en la que encontrarte siempre con las mismas caras. Un lugar en el que una pareja de espanyoles puede ensenyarte que a los cuarenta y pico y con hijos pequenyos es posible seguir viajando de Guests Houses y con ropa reciclada. Un lugar en el que unos mexicanos te inviten a unas canyas -Shingas en Tailandia-, en el que un iraqui afincado en Tenerife te hable de religion, de los muchos paises en los que ha vivido y de los cinco idiomas que habla. Un lugar eb el que un israeli de 22 anyos te demuetre que en la asignatura de la vida te pega ocho mil patadas.

 

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Bangkok o la ciudad de los angeles

 Bangkok es realmente una caja de sorpresas. Como todo buen amante -y sigo aqui con la metafora que ya inicie-, se guarda siempre algun as en la manga, algun detalle con el que sorptenderte despues. No se muestra en su totalidad desde el principio. Guarda el misterio, lo alarga y de repente -zas!- aparece algo que no esperabas que te hace sonreir y pensar "me gusta este lugar".

 

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Frente a templos barnizados de luz y budas -grandes o pequenyos- adorados por las multitudes, se levantan enormes rascacielos: junto a los mercados callejeros -algunos tan grandes como el de Chatuchak, con 15.000 paradas y donde es posible encontrar de todo-, centros comerciales de estetica futurista para bolsillos adinerados; casas de madera construidas sobre el rio en medio de la jungla a solo dos pasos de edificios de oficinas de las companyias mas importantes; altares custodiando las puertas de ruidosos bares con ofrendas tan peculiares como botellas enteras de fanta con pajitas y chupitos; masajes tailandeses tradicionales con vistas a gigantescos y luminosos letreros de Burger King, Coca Cola o Panasonic; camisetas que se mofan de las marcas en el pais de las falsificaciones; camareros rezandole al altar en horario de trabajo junto a taxistas, conductores de tuk-tuk y hombres varios que ofrecen ping-pong shows a precio economico.

 

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Es una ciudad de locura: un quiero y no puedo -con todo el carinyo del mundo-. Una ciudad donde Oriente y Occidente se dan la mano y de patadas simultaneamente. Un cocktail verdaderamente extranyo que a mi me ha fascinado. Para muchos, la ciudad de los angeles puede ser un infierno; para otros, un peculiar cielo de neones, olor a comida, perros callejeros y avenidas enteras convertidas en espontaneas tiendas de veinte duros. Hay que venir para verlo.

 

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Primeras impresiones

Todo resulta mucho mas sencillo cuando estas inmerso en ello que cuando, a quilometros y dias de distancia, intentas dibujarlo en tu cabeza, sopesarlo, imaginarlo. Mi aterrizaje en Tailandia es como toda buena cita: por mucho que intentes planificarla, por mucho que estudies detenidamente que dira el, que dira ella, por mucho que idees milimetricamente en que momento le estamparas ese primer beso, la realidad siempre acaba siendo diferente, sorprendiendote, atacando por donde menos lo esperas.

 

Tailandia -como todo buen amante- ha hecho lo propio conmigo. Cuando, hace unos meses, decidi aventurarme en este periplo por tierras desconocidas, muy en el fondo de mi misma temi mi propia decision. Me dio miedo no ser capaz, sentirme apabullada ante la diferencia, llegar a sentirme minuscula e indefensa. A medida que el dia de mi partida se acercaba, sin embargo, una extranya tranquilidad se iba apoderando de mi. "Ya llegaran los nervios", pensaba, " es solo cuestion de tiempo". Pero no. A dia de hoy, a nueve horas de haber puesto mi primer pie en Bangkok, estos todavia no han hecho acto de presencia.

 

Quizas la culpa la tenga mi pachorra -ultimamente muy cultivada en otros temas, puede que este contagiando nuevas facetas de mi vida-; quizas la tenga mi anterior viaje a la India -donde aprendi que nada que no pueda ocurrirte a dos pasos de tu casa puede ocurrirte a quilometros de distancia-; quizas la tenga el catalan que he conocido en Londres, con el que he aterrizado en Suvarnabhumi y que me ha allanado el camino -aunque apenas habla ingles y este tambien es su primer viaje en solitario, siempre reconforta saltar los pequenyos obstaculos con alguien agarrandote del brazo-;quizas sea porque en Tailandia todo el mundo sonrie; quizas, porque el choque de culturas es menor al que habia imaginado.

 

En definitiva y sea por lo que sea, lo cierto es que Bangkok me ha acogido afable, sencilla, suave. Y ahora ya no soy yo la que esta a merced de un pais que puede vapulearme como quiera. Ahora soy yo la que tengo un pais a mis pies que puedo recorrer como, cuando y en la direccion que quiera.

 

No se si a esto puedo denominarlo libertad o simplemente es un perfecto sucedaneo de esta. Pero a dia de hoy, en este cibercafe de Banglamphu, con el cielo derramandose en la calle, el calor perforandome el cuerpo y cientos de lenguas ininteligibles sonando a mi alrededor, puedo afirmar que la siento.

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

Hay veces en la vida en las que uno debe tomar una decisión. Hay veces en la vida en las que uno debe escoger entre seguir adelante con la inercia que le envuelve o decidirse por abrir una de las mil puertas que se le muestran cerradas custodiando destinos inimaginables. Las hay que guardan trampas mortales; otras, pequeños pedazos de paraíso que esperan ser descubiertos. Y mirando a través de sus cerraduras poco o nada puede verse: si lo que aguarda al otro lado es bueno o malo únicamente puede saberse abriendo la puerta de par en par, cruzándola, arriesgando.

 

Me voy a Tailandia. Cruzo una de las puertas. La decimoquinta empezando por la derecha de las muchas que se despliegan a mi alrededor. Otras me conducirían a un periódico de Argentina, a poner copas en México, a colaborar con una ONG en India o a trabajar sirviendo cafés en el bar de debajo de mi casa. De momento, la opción es Tailandia. Dependiendo de como vaya el viaje -si es trampa mortal o paraíso de sonrisas- decidiré qué puerta es la próxima. O quizás no, quizás lo decida a pito pito.

 

 

 

Acerca de deviaje

Experiencias personales de una aspirante a trotamundos

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